Confirmando a Queru

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Tras esa primera visita fugaz y con prisas al prometedor Queru que ya os conté (antes de que saliera en Metrópoli y fuera un secreto a voces), tenía pendiente una parada pausada para disfrutar de esas elaboradas viandas que Valentín y Diego preparan en este gran descubrimiento de Pozuelo, Madrid. Siendo así, la otra noche disfrute de una agradable velada donde pude charlar con el artífice y deleitarme con sus platos  y su carta especializada por fín.

Las composiciones, de clara influencia gallega, tienen aportaciones de Gloria, la mujer de Valentín, platos configurados por él mismo como los cremosos callos con garbanzos de Pedro Sillano, y creaciones de Diego que recuerdan a su etapa en La Penela, como la fideua modernizada. Todo ello compone un conjunto que se aparta del clasicismo imperante en esta zona residencial del noroeste de la capital, una sensación que se ve reforzada por la elegante decoración que la mano de Cuca Cermeño ha conseguido crear.

Y un punto valiosísimo y que vuelve a confirmarse en esta segunda visita, el espacio no está aprovechado al milímietro con la mente puesta exclusivamente en “hacer caja”. En Queru se disfruta del lujo de la intimidad gracias al fantástico espaciamiento que existe entre las mesas, y esto es algo muy difícil de encontrar hoy en día.

Queru

Una vez metidos en faena, y dado que mi acompañante era nuevo, no pudimos perdonar ni la tortilla de betanzos, perfecta de punto de nuevo, ni la fantástica cecina para empezar, junto con unas milhojas de berenjenas correctas sin más. Pero enseguida nos lanzamos a “batallas mayores”, y el rape salvaje a la plancha no dejó lugar a dudas de su procedencia, pues los sabores de la lonja de Vigo estaban presentes por doquier.

Menos común y con muchas raices fue la carne richada, un plató típico de Lalín a base de cadera adobada y frita a fuego fuerte en dados con unas buenas patatas gallegas y pimientos de Padrón. Riquísimo. El rodaballo y la ternera gallega roja todavía se me han quedado en el tintero, pero ya he oído que el cocinero tiene un gran punto con la plancha y ansío volver para probarlos.

En los postres la mano casera está presente sin trampas desde la crema de tiramisú hasta el quenuel de chocolate con salsa de yogurt, pero yo no pude resistirme al semifrío de Cebreiro con fresas estofadas. Que uno ha hecho el Camino de Santiago y ese puerto no se olvida nunca.

La carta de vinos no es espectacular pero si está siendo escogida con cuidado, intentando alejarse de los tópicos y nunca exceciéndose en el precio, pues Valentín asegura que no tiene ninguna botella a la que le aplique más del 100% de margen. Nosotros cenamos con Val de Sil, un Godello de coste contenido y que maridó a la perección con nuestro estado jovial y de disfrute. Terminamos con un gran café en el que tampoco hay engaños, como tampoco los ha habido con el pan por cierto, de un proveedor exlusivo y que llega a la mesa caliente y jugoso. En este templo del comer la visión de negocio es otra y se nota en cada detalle, de verdad.

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